¿Por qué discutimos más en vacaciones? | Instituto Coincidir
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¿Por qué discutimos más en vacaciones? ¿Cómo podemos evitarlo?

Las ansiadas vacaciones. Ese remanso de paz contemplado desde hace meses como la panacea para resolver todos nuestros problemas. Y, sin embargo, cuando llegan, parece que nos sobra tiempo con los nuestros, se multiplican las discusiones con la pareja, con los hijos, con la familia política y la realidad se aleja de nuestras expectativas. ¿Qué debemos saber y qué podemos hacer para evitarlo? Lo hemos hablado con Mercedes Honrubia, directora del Instituto Coincidir. La clave: prepararnos antes.

Artículo publicado en el número 293 julio-agosto 2018 de Hacer familia

Nos sabemos la teoría: tendríamos que sacar más tiempo para estar en pareja, para charlar animadamente con los hijos, para compartir nuestro tiempo con los padres y hermanos. Pero el día a día nos come y no damos más de nosotros mismos. Por eso cuando llegan las vacaciones de verano, con todo su tiempo libre, parece que todos nuestros problemas se van a resolver casi por arte de magia. Y sin embargo, pasados un par de días sin el estrés del trabajo y del colegio, empezamos a desear que septiembre llegue cuanto antes.

¿Qué ha pasado para que nuestro sueño saltara por los aires? Teníamos unas altas expectativas puestas en todo lo que nos iba a dar de sí el tiempo libre disponible en verano. Habíamos previsto charlar muchas horas de los temas más interesantes, compartir experiencias, participar juntos en actividades. Y cuando hacemos un recuento de los días, resulta que la mayoría están compuestos de caras largas, broncas por nimiedades, portazos y una tensión creciente a punto de estallar.

Mercedes Honrubia, orientadora y mediadora familiar, directora del Instituto Coincidir, explica a Hacer Familia que esto no es tan infrecuente como pensamos, que las expectativas que teníamos previstas no siempre se cumplen y que la mejor receta para que todo funcione es hablar. De todo, con todos.

Convivir con la pareja

Un curso entero de falta de tiempo, de carreras, de una comunicación reducida a los mínimos indispensables para la supervivencia. Porque las parejas del siglo de WhatsApp hablan mucho, pero en mensajes cortos y prácticos que nada tienen que ver con las profundidades del alma. Todo se reducen a un “recoge tú a los niños”, “¿qué hacemos hoy de cena?” o “compra pan cuando vuelvas”.

Los ritmos de trabajo excesivamente exigentes, la falta de tiempo libre dedicado en exclusiva al matrimonio y la permanente sensación de que, si tenemos un minuto libre, debería ser para los hijos, convierte nuestra vida en una carrera. Por eso estamos deseando tener todo el tiempo disponible que nos propicia el verano. Para charlar tranquilamente de cualquier cosa.

Pero cuando llega, nos encontramos que frente a nosotros “tenemos a una persona a la que no conocemos del todo” porque llevamos muchos meses sin poder profundizar. Y en verano, todos esos problemas enquistados saltan sin que seamos capaces de ver la escena con la necesaria objetividad.

Mercedes Honrubia nos alerta de un problema habitual que no debe asustarnos: muchas personas necesitan varios días de ‘destensión’ para adecuarse a los ritmos del verano. Si sabemos respetarlos, será más sencilla la convivencia. Es fácil que al salir de las rutinas habituales, con la sobrecarga de estrés, asomen los enfados o las tristezas vinculados con el trabajo y se trasladen al entorno doméstico.

Superado este momento, debemos tener presente que la única manera de avanzar es hablar, pero “con una comunicación desde un punto de vista constructivo”, explica Honrubia. Porque de lo contrario, si entramos en una espiral de críticas, acabaremos por desbaratar el verano.

La sintonía de las parejas para dialogar no surge de la noche a la mañana, por eso es tan importante que se aproveche durante el año para mantener esa comunicación permanente, aunque sea el verano cuando tenemos más tiempo disponible.

El difícil equilibrio con los hijos

La estampa de sonriente familia feliz que disfruta unida de las vacaciones es tan idílica como utópica. Se produce, por supuesto, pero muchas veces de manera fugaz, en unos momentos de perfecta armonía, que vienen acompañados, antes y después, por no pocas tensiones respecto a los hijos.

Los padres del siglo XXI tendemos a sentirnos en falta con el tiempo y la dedicación que prestamos a nuestros hijos, absorbidos por otros quehaceres. Pero cuando llega el verano, nos damos cuenta de que ahora nos absorben ellos el 100% de nuestro tiempo y no nos sentimos tan bien como esperábamos. Para ser sinceros, nos cansan.

Además, hemos organizado el verano con toda nuestra ilusión dentro de nuestras posibilidades y recibimos a cambio el desaire de algún menor que había ideado otra forma diferente de vacaciones. Nunca llueve a gusto de todos. Y si habíamos imaginado agradables cenas en familia, nos puede sorprender que los hijos huyan de la casa para montar planes alternativos. Nos dice Mercedes Honrubia que este es “un buen pulsómetro para saber cómo están las cosas”.

Con los hijos tenemos el enorme reto de fomentar actividades atractivas que sabemos les van a conquistar para que, en esa sensación positiva de estar en familia, consigamos que compartan con nosotros y compartir con ellos, inquietudes, deseos, opiniones… Así pues, el verano tiene que ser el complicado equilibrio entre la libertad que necesitan aprender a disfrutar y controlar y la vivencia en familia. Se trata de completar el malabarismo entre dejarles tiempo para ellos, reservar tiempo para nosotros y mantener tiempo para todos.

Familia extensa y familia nuclear

En nuestro entorno sigue siendo muy habitual pasar parte o todo el verano con la familia extensa, ya sea la propia, ya la política. La casa del pueblo o de la playa se convierte en un espacio insuficiente donde varias familias nucleares se ven ‘obligadas’ a compartir todos los momentos. La pérdida de intimidad desdibuja a la familia y le impide disfrutar de ese tiempo libre que esperaban tener en verano.

Pero la peor parte viene cuando, además del problema de la falta de tiempo, surgen los roces por la manera que tienen de comportarse unos y otros y lo que se esperaba de cada parte. Uno de los retos que tiene la pareja es que su concepción del núcleo familiar no sucumba ante el papel que acaban de retomar: se han vuelto ‘hijos’ antes que ‘esposos’ e incluso que ‘padres’.

Para Mercedes Honrubia, que ve pasar año tras año por su consulta numerosos matrimonios con este tipo de problemas, aquí la clave no solo está en hablar, sino que es fundamental haber hablado antes. Necesitamos “la comunicación previa por parte de la pareja para prevenir esos aspectos de la convivencia que sabemos que se van a producir”. Es decir, tenemos que adelantarnos a los problemas y “ser equipo”.

En este sentido, si las circunstancias hacen que vayamos a pasar la mayor parte del verano con la familia extensa, tenemos que ser conscientes de que “no podemos esperar cambios en los demás”, ni que este año las cosas vayan mejor. El consejo de Honrubia es que hayamos establecido antes las líneas rojas que no vamos a permitir que se traspasen, tales como la interferencia de los abuelos en la educación o los tiempos que la pareja se reserva para sí.



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