Los estilos educativos - Instituto Coincidir
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Los estilos educativos

Los estilos educativos son patrones de comportamiento más o menos estables que los padres llevan a cabo en la relación con sus hijos, tanto en las situaciones cotidianas, como cuando hay que tomar decisiones sobre ellos o cuando hay que resolver algún conflicto.

Hay cuatro patrones de estilos educativos: sobreprotector, punitivo, permisivo o inhibicionista y asertivo.

Todos los padres buscan hacer lo mejor para sus hijos, pero en ocasiones determinadas formas de pensar o de manejar sus emociones, hace que lleven a cabo comportamientos o estilos educativos que pueden generar en los hijos inseguridad, bajo autoconcepto, escasa autonomía e iniciativa…

El patrón de comportamientos que un padre lleva a cabo, va a depender mucho de cómo piensa (lo que él entiende por educar, qué quiere para sus hijos y cómo cree que puede dárselo, cuál cree que es su función y tarea como padre, cuál es la forma que él tiene de ver el mundo…); de cómo se siente con respecto a la educación de sus hijos (cómo se siente cuando su hijo hace algo con errores, cuando le pide ayuda, cuando ve que no sabe hacer algo, cuando le pide hacer las cosas él solo, cuando se equivoca o cuando le ve hacer las cosas por sí mismo…) y de cómo maneja estas emociones.

Así, por ejemplo, un padre que piense que su papel es hacer que su hijo sea lo más feliz posible y para ello es mejor que no sufra, que él está para darle todo lo que pueda a su hijo, ese es su rol como padre; que “cuando crezca, la vida ya le dará suficientes inconvenientes, y que, mientras él como padre pueda, procurará que disfrute todo lo que sea posible”. Si además estos padres se sienten con una angustia y miedo desbordante al ver a sus hijos desenvolverse por sí mismos, y mucha tranquilidad cuando perciben que controlan todo lo que gira en torno a sus hijos, seguramente serán padres con un estilo educativo más sobreprotector. Los padres con estilo educativo sobreprotector hacen por sus hijos aquello que podrían hacer por edad, evitándoles cualquier incomodidad y dándoles muy pocas responsabilidades. Además, tendrán tendencia a fijar su atención en los errores del niño, confirmando así que “sus hijos no saben o no pueden” y, por tanto, la necesidad de que ellos tienen que estar “encima” de sus hijos. Los niños que crecen educados con este estilo educativo, se ven a sí mismos incapaces y no desarrollan suficientes recursos y autonomía. Igualmente, pueden presentar muy poca tolerancia a los pequeños o grandes sufrimientos, así como a la frustración, ya que no se les ha puesto unos límites adecuados.

En otra línea, los padres pueden pensar que la vida es muy competitiva y que sus hijos tienen que aprender la excelencia o fracasarán, que no vale la normalidad. También pueden pensar que su papel como padre es imponer su autoridad, porque sino sus hijos no les respetarán. Estas características de pensamiento junto con poca tolerancia a que las cosas no sean como “deberían” ser, poca flexibilidad cognitiva y/o conductual, llevarán con frecuencia a estilos educativos más punitivos, con gran exigencia, mucho castigo y muy poca valoración hacia sus hijos. Los niños crecen con el mensaje de “nunca soy lo suficientemente bueno”, seguramente desarrollarán un autoconcepto muy deficiente, su toma de decisiones irá más enfocada a la “evitación del fracaso/castigo” que orientada al éxito. Su iniciativa será muy reducida por las altas expectativas de fracaso o recriminación y pueden presentar ansiedad crónica y generalizada.

Por otra parte, hay padres que consideran que “la vida es la mejor escuela y que cada uno tiene que aprender por sí mismo”, así que su papel como padre es inhibirse en la educación de sus hijos. De esta forma, “si el niño se equivoca, ya aprenderá”, “a mí tampoco me enseñó nadie y me ha ido muy bien” “cuanto antes aprenda lo dura que es la vida, mejor para él”, “si me implico en sus problemas, le impediré aprender”. Suelen ser padres que no ponen límites, no orientan a sus hijos en cómo hacer o resolver los conflictos, sino que les dejan a ellos hacer. Además suelen expresar poco interés por los asuntos de sus hijos y expresar poco afecto. Los niños que han recibido este tipo de educación se muestran inseguros, ansiosos, con poca tolerancia a la frustración y con dificultad para controlar sus impulsos.

Por último, podemos encontrarnos con padres que buscan desarrollar en sus hijos recursos y habilidades que les permitan verse capaces de hacer frente a la vida, con iniciativa y autonomía, con seguridad y un buen autoconcepto, sabiendo que ellos tienen capacidad para manejarse y que el mundo no es un lugar amenazante…
El hecho de que los niños adquieran estas características será favorecido por una educación asertiva, en la que los padres han sabido marcar límites claros y firmes, han sabido establecer una exigencia equilibrada, con responsabilidades adecuadas a su edad. Complementando esto con afecto y valoración, fijándose en las características positivas de sus hijos y en los progresos de su aprendizaje, elogiando tanto los logros como los procesos de aprendizaje, son padres que “enseñan a pescar, no dan el pez”, ni quitan dificultades a sus hijos, sino que les ayudan a vivirlas y superarlas con apoyo afectivo. Ayudan a sus hijos a tomar decisiones, dejándoles autonomía para decidir.

La tarea de ser padre y madre es muy complicada porque no suele recibirse una preparación para ello, y porque cada padre lleva también su mochila de historia de vida y el cansancio del día a día. Quizá que cada uno vea con perspectiva a qué estilo educativo tiende más, entender de dónde le viene y las consecuencias que éste tendrá en sus hijos, ayude, cuando sea necesario, a reconducir un poco la forma de comportarse con respecto a la educación de sus hijos, siempre por su bien.

Esther Arnáiz Beltrán. Psicóloga



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