¿Cómo nos influye estar siempre conectados? - Instituto Coincidir
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¿Cómo nos influye estar siempre conectados?

Compartimos con vosotros esta interesante reflexión en este artículo de Susanna Tamaro en Mujer de Hoy:

Hace unos días, en mi país, Italia, un padre olvidó a su hijo de un año y medio dentro del coche. Tenía que haberlo dejado en la guardería antes de ir al trabajo, pero se le fue el santo al cielo y el pequeño, amarrado en su silla, murió deshidratado por el calor. El dolor absoluto de los padres de este niño pesa sobre todos como una roca. La falta de atención que está en la base de este drama (que, desgraciadamente, se podría repetir) es una señal de alarma que no podemos seguir ignorando. Y es que la evolución tecnológica de los últimos 30 años nos ha conducido con demasiada celeridad a un ritmo de vida para el cual nuestro cuerpo y nuestra mente no estaban todavía preparados. En un mundo con una devoción ciega al progreso, nos hemos convencido de que somos, exclusivamente, cultura, y de que esta nos permite adaptar nuestra vida a las nuevas exigencias. Sin embargo, ¿es así de verdad?

Este mundo, que exige que seamos entes culturales, esconde una gran fragilidad. Somos el resultado de la evolución: si nuestra historia fuese un pastel, la cultura sería un maravilloso y jugoso relleno, pero no la esencia de la receta. La base del pastel es la naturaleza, que trae consigo leyes propias para cada especie. La del ser humano, como todas, tiene sus hábitos y son estos comportamientos, forjados a lo largo de miles de años de evolución (en su doble vertiente natural y cultural), los que se han trastornado en los últimos 30 años. Ha tenido lugar una alteración de las costumbres, de las etapas vitales, de los ritmos de la vida cotidiana, del propio flujo, antes calmado, del pensamiento. De unos 20 años a esta parte, la irrupción de las tecnologías de comunicación instantánea ha quebrado por completo nuestra capacidad para mantener una atención profunda. Estamos pendientes, sí, pero solo a chasquidos superficiales, a timbres de teléfono, chirridos, lucecitas electrónicas; siempre listos para contestar, siempre localizados para todo el mundo y siempre con el pánico a perder ese cordón que nos mantiene conectados al mundo virtual que nos rodea. Pero este ser nuestro eternamente conectado nos ha llevado, como no podía ser de otra manera, a vivir en un estado de alerta constante.

Nuestro cerebro está hecho para la profundidad y la lentitud; alejarlo de esto trae un alto grado de inestabilidad. No se trata de estar en contra de la tecnología, sino de comprender si la tecnología nos sirve a nosotros o si, por el contrario, estamos destinados a ser sus siervos. Sin una profunda atención, un escritor no logrará escribir un libro, ni un poeta un poema, ni un científico podrá llevar a buen término una investigación. Sin una profunda atención se diluyen también las relaciones humanas, que están hechas solamente de amor, y el amor no es otra cosa que una forma de atención prolongada en el tiempo. Estar siempre conectados y distraídos con toda una serie de llamadas, alertas, lucecitas y pitidos nos ha conducido a una constante quiebra de la atención. Y con ella hemos perdido también la capacidad de estar despiertos y presentes en las relaciones más vitales que pueblan nuestra existencia.



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